lunes, 24 de octubre de 2011

ENTORNO A LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA




Rafael Bellver Galbis


Se celebra este año el 75 aniversario de la proclamación de la II República Española y los partidos de izquierdas y republicanos lo están celebrando haciendo toda clase de declaraciones, de las cuales quiere desprenderse la idea de que este régimen político es más democrático, más participativo y que se eliminó por culpa del golpe de Estado del 36 y que trajo como consecuencia la Guerra Civil.

Lo que no dicen, lo que no recuerdan, no sé si por amnesia selectiva o por perversidad política, es que la tan cacareada II República fue proclamada de forma ilegal, sin el respaldo de unas elecciones generales.

El primer hecho que debemos reconocer y recordar es que las elecciones celebradas el 12 de abril de 1931 no se habían convocado para decidir el régimen de España; si España debería ser una monarquía o una república. Nadie lo había dicho, nadie lo había propuesto y semejante disyuntiva no figura en el más mínimo rincón de la convocatoria. Es más, los  partidarios de la República en 1931 se agrupaban en tres partidos: el partido republicano federal, antigualla que surgió a principios del último tercio del siglo XIX y que contaba con poquísimos adeptos, el partido republicano radical, fundado a principios de siglo por el demagogo Alejandro Lerroux en Barcelona, donde sí tenía numerosos partidarios, que tampoco le faltaban el resto de España, y la Esquerra Republicana de Cataluña, partido recién creado para las elecciones de 1931, a quien casi nadie atribuía fuerza importante aunque luego sí resultó tenerla. Sumando las fuerzas de estos tres partidos y otros menores ni se soñaba con cambiar el régimen político español una vez abiertas las urnas el día 12 de abril, era un sueño imposible incluso para los propios republicanos.

En efecto, estas elecciones, que no eran generales, sino municipales, se saldaron con el triunfo de los monárquicos y esto porque, antes de la jornada electoral se habían proclamado concejales en todos los ayuntamientos de España donde solamente se hubiera presentado una lista de candidatos. Así lo establecía el artículo 29 de la Constitución entonces vigente y el resultado de esa consulta previa, perfectamente constitucional y legal, fue aplastantemente favorable a los monárquicos que obtuvieron 14.018 concejales frente a 1.832 de los antimonárquicos (Artola, M. Partidos y Programas políticos, 1898-1939, Madrid, Aguilar, 1974, pág. 597). Esto explica la confianza del electorado monárquico, buena parte del cual no se molestó en acudir a las urnas el 12 de abril, porque creían completamente segura la victoria.

Y tenían razón, obtuvieron la victoria. Los funcionarios de la República cumplieron con su deber mejor que los gobernantes y en el Anuario estadístico correspondiente publicaron los resultados electorales. Los concejales monárquicos fueron 26.257 y los republicanos 24.731, incluyéndose entre éstos a los socialistas que no eran formalmente republicanos sino que repetidas veces se habían declarado posibilistas y una de sus corrientes, la más popular, dirigida por Francisco Largo Caballero, había colaborado además con la dictadura de Primo de Rivera. Si a estas cifras de victoria monárquica (para las que el profesor Artola no excluye una posible manipulación ya que se comunicaron en una publicación oficial de la República) se añaden las obtenidas en virtud del artículo 29 antes citado, el triunfo de los monárquicos resultaba abrumador.

Tanto que, según Ricardo de la Cierva, los republicanos y sus historiadores afines buscaron un pretexto para paliar ese triunfo y legitimar “democráticamente” a la República, que no había salido de las urnas. Decretaron, por sí y ante sí, (la idea fue de don Manuel Azaña) que los votos republicanos de las ciudades eran los que valían, porque la mayor parte de los votos monárquicos se habían depositado en pueblos y localidades menores, recomidas por el caciquismo. Azaña legó a acuñar una expresión que hizo fortuna para describir esa explicación. En la tradición parlamentaria inglesa se llamaban burgos podridos a las localidades deshabitadas que seguían enviando miembros al Parlamento por simple rutina, prácticamente sin respaldo de votos. Según Azaña en 1933, cuando su bienio político entraba ya en barrena, las localidades que votaron por los monárquicos en las listas únicas de 1931 eran eso, burgos podridos, por lo que convocó en 1933 elecciones donde se demostrase el entusiasmo republicano de tales lugares. De todas formas los presuntos burgos podridos volvieron a votar contra la República y a favor de los partidos monárquicos y de la CEDA de Gil Robles, que también era monárquica con ciertos disimulos católicos. Así quedó confirmada en 1933 la gran victoria municipal monárquica de 1931.

Atribuir valor democrático a los votos de las ciudades y quitárselo a los votos de los pueblos es por supuesto un atentado a la democracia, aunque, no obstante, el triunfo fue de la monarquía otra vez. Eso no fue obstáculo para que se proclamara la II República aprovechándose, por supuesto, de un monarca en continua depresión, débil políticamente y traicionado por sus amigos y consejeros que le aconsejaron salir de España y abandonar el trono.

El inefable Javier Tusell, en su famoso libro “La España del siglo XX” dice: “Se puede decir que la II República constituye, ante todo y sobre todo, la experiencia democrática española. Nunca, ni antes ni después, tuvo España un régimen tan semejante a lo que normalmente se conceptúa como una democracia occidental”. (Pág. 239)

Ya he demostrado con bastante detalle los métodos antidemocráticos con los que se proclamó la II República, no obstante, siguiendo a Ricardo de la Cierva, abundaré un poco más en la tesis antidemocrática de este régimen que tantos adeptos parece tener ahora, todos ellos autodenominados a bombo y platillo como los adalides de la democracia.

Por lo pronto para que un régimen o sistema pueda denominarse democracia son necesarias y suficientes dos condiciones y solo dos; este es un principio que el profesor Tusell sin duda conoce perfectamente.

·        1ª Condición: la voluntad general de convivencia en la sociedad que quiere configurarse democráticamente.
·        2ª Condición: un sistema de elecciones periódicas y regladas que permita la designación de los representantes del pueblo para el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial, de forma variable, directa o indirecta, según los casos. Las elecciones son imprescindibles; pero no sirven para nada sin la voluntad general de convivencia.

Las dos condiciones fallaron en la II República que además, según hemos visto, nació fuera de la democracia mediante la interpretación arbitraria de unas elecciones municipales trucadas, es decir, nació viciada de origen, aunque la culpa de ello debe atribuirse principalmente a D. Alfonso XIII y a los políticos que tan mal le aconsejaron. Esto supuesto las elecciones generales que se celebraron durante el periodo republicano fueron tres. Sólo las de noviembre de 1933 pueden considerarse democráticas, y dieron la victoria al centro-derecha después del terrible fracaso de don Manuel Azaña en su bienio. Las elecciones de junio de 1931 a Cortes Constituyentes estuvieron lastradas por el miedo y la coacción; y de ellas salió un Congreso sectario, en que las fuerzas de centro-derecha carecían de representación conforme a su entidad. Y las elecciones del Frente Popular en febrero de 1936, que ha estudiado el señor Tusell de forma muy insuficente, no fueron, ni mucho menos, democráticas. La segunda vuelta de esas elecciones prácticamente no se celebró. El Frente Popular, con el señor Azaña al mando, asumió el poder al conocerse los resultados de la primera vuelta, sin esperar a que se completase el proceso electoral, lo que supone un fraude invalidante, según las leyes electorales de la época. En 1939 un nutrido grupo de ex ministros de la Monarquía y la República publicaron un interesantísimo Dictamen sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 en cuyo anexo se analizaban cumplidamente los fraudes electorales de aquellas elecciones en varias provincias. El Frente Popular consiguió en la primera vuelta una mayoría relativa indudable, que luego en los desaguisados de la segunda y en los pucherazos de la comisión de actas se convirtió en mayoría absoluta y aplastante, de forma claramente antidemocrática.

Sin embargo lo más grave no es la propia mecánica de las tres elecciones de la República sino la ausencia manifiesta de aquella voluntad de convivencia que es la otra condición esencial para que se pueda hablar de democracia en un sistema político. Todos los historiadores de las diversas tendencias concuerdan en que el clima con que se celebraron las elecciones de 1931, en medio de un proceso continuado de agresiones por parte de la República a la Iglesia, las fuerzas armadas, la monarquía y las derechas, se presentaba como netamente hostil a la convivencia y sólo pretendía una República para los republicanos, cosa que parece repetirse en esta época en que nos ha tocado vivir. El clima de las otras dos elecciones era mucho más grave y peligroso; no solamente atentaba contra la convivencia política sino que se planteó claramente en términos de guerra civil, como sabemos.

Me parece bien que los republicanos españoles festejen el aniversario de su República, tienen derecho a hacerlo. No obstante, en  honor a la verdad y al rigor histórico, deberían también entonar algunos “mea culpa” por la forma en que se llegó a la misma. La tesis del profesor Tusell, que enarbolan siempre los republicanos nacidos de las fraudulentas elecciones de 1931, se cae por su peso en materia de democracia.





miércoles, 31 de agosto de 2011

Y LA PUERTA DEL SOL RESUCITÓ


Y LA PUERTA DEL SOL: ¡RESUCITÓ!

Atrás quedaron las lonas, los cartones chabolistas, la suciedad, los orines y defecaciones, las rastas sucias y malolientes, la crispación y el odio de los perroflautas del 15 M. El Kilómetro cero de la capital del Reino ha experimentado una gran transformación con la llegada de esa variopinta, colorista y alegre amalgama de jóvenes de todos los países del mundo que vienen a participar en la JMJ. Todo lo que había de negativo en esa plaza que representa el centro de esta España nuestra, ha quedado envuelto en la alegría y el “buen rollo” que transmiten esos miles de jóvenes y no tan jóvenes que han llenado Madrid estos días últimos para encontrarse con un anciano de 84 años, pero que tienen más capacidad de convocatoria que Zapatero y Obama juntos.

La ocupación ilegal de los “indignaos” del 15 M sin duda alguna han producido un descalabro económico a los comerciantes de la Puerta del Sol y sus aledaños. A nadie le apetecía ir a comprar allí estando toda esa chusma agresiva y maloliente allí acampada. No obstante, desde que empezó la JMJ una verdadera marea humana de colores y banderas de todo el mundo recorrió la plaza y las calles aledañas.

Una afluencia de gente que benefició, y mucho, a los sufridos comerciantes del Centro de Madrid que tanto han sufrido por culpa de la ilegalidad consentida del “campamento indignado”. Estos comerciantes han afirmado estar encantados con la celebración de la JMJ en Madrid. Establecimientos de comida rápida, de venta de recuerdos, etc. han estado a rebosar todos los días que han durado las JMJ. Los comerciantes, no solamente de Sol, sino de todo Madrid, han salido ganando, se cifra más o menos en 200 millones de Euros las ganancias que ha tenido. Los de Sol, sobre todo, han recuperado parte de lo que perdieron durante el ilegal asentamiento de los perroflautas. Me decía el propietario de una tienda de abanicos de esta plaza que había aumentado sus ventas y que la JMJ trae buena gente, no como la que había antes, refiriéndose a la del 14 M.

Todos han coincidido en una cosa y es en el respeto que han demostrado todos los jóvenes que han acudido a la JMJ.  Respecto a que los peregrinos han tomado la ciudad, los trabajadores de la zona aseguran que, además de beneficiarles económicamente (no hay que olvidar que ha habido muchos contratos extra durante estos días, y eso siempre vienen bien en este desastre económico que tenemos en España) “no molestan y su alegría se contagia”.

Un pacifismo que ha corroborado la policía, ya que a pesar de los miles de personas llegadas a Madrid no se ha producido ningún altercado: “sólo cantan y rezan”, decía un agente. O sea, todo lo contrario de unos cientos (no se si llegaban) que ni cantan ni rezan, sino que agreden, gritan, insultan y odian.

¿ QUIÉN MATÓ A JESÚS?


¿QUIÉN MATO A JESÚS?
(La inutilidad de una controversia secular)

Parece que, al menos desde ciertos sectores de nuestra sociedad, y a raíz de lo escrito por Benedicto XVI en el segundo tomo de su magnífica obra “Jesús de Nazareth”, se está volviendo a plantear la antigua y manida cuestión del deicidio perpetrado por el pueblo judío en la persona de Jesús, el Cristo.
Si que es cierto que existen opiniones en un sentido o en otro, antes del Concilio Vaticano II y , por consiguiente antes de la publicación de la Constitución “Nostra Aetate”, y después del mismo. Valgan dos ejemplos, entre muchos, que, a mi parecer son dos de los más representativos, por la contundencia de los argumentos que uno y otro utilizan para defender su tesis: el libro del padre Rafael López Jordán S.J.[i] y el del padre David Núñez[ii]. Ambos, con profusión de citas y de documentación varia, intentan demostrar que no hubo deicidio por parte de los judíos y que si que lo hubo. (por cierto, los dos libros tienen el Nihil Obstat de su obispo, casualmente de la misma diócesis de Buenos Aires)
Mi intención en este escrito no es entrar en esta inútil polémica ya que, honradamente, creo que en las dos posiciones existen argumentaciones validas y otras no tan válidas. No obstante, si tuviera que decantarme respecto al llamado “deicidio”, diría que en realidad fue la obra de las dos partes actuantes en aquel drama: por una parte la casta sacerdotal judía, que veía amenazada su autoridad por la fama y el liderazgo de Jesús y que azuzó a un pequeño sector de la población de Jerusalén para que pidiera la muerte del justo (“Caiga su sangre sobre nuestras cabezas y la cabeza de nuestros hijos”[iii]) y, por otra parte, el poder político y militar de Roma que era el que tenía la autoridad para ejecutar a las personas en aquel Israel ocupado y conquistado, en este caso a Jesús.
No quiero exculpar a ninguna de las dos instancias ya que considero que las dos son culpables, aunque esa culpabilidad es relativa si pensamos que fueron meros instrumentos para que se llevara a cabo la plenitud de la historia de la salvación. Por lo tanto, en el supuesto de que tuviéramos que hablar de deicidio, tendríamos que decir en justicia que hubo un “coedeicidio” entre “judíos” y “romanos”, unos por intención y los otros por omisión y acción. Ciertos líderes judíos establecieron un juicio amañado y demandaron a Pilatos que ejecutara a Jesús y éste, aun a pesar de que sabía de su inocencia, lo condenó a muerte.
Hay que aclarar, sin embargo, utilizando las aseveraciones del Santo Padre Benedicto XVI en el libro citado[iv] que, cuando en el evangelio se habla de “judíos” no se está refiriendo a la totalidad del pueblo judío, sino a la casta sacerdotal del templo y a la “chusma” que estaba en el pretorio gritando. Y parafraseando al propio Papa, esto se podría aplicar también a los “romanos”. Conclusión: hablar de pueblo deicida, ya sea aplicado al pueblo de Israel, ya sea al Imperio romano, me parece una barbaridad y una falacia. Ya Aristóteles nos enseñaba que de un particular nunca se puede predicar un universal.
Juan sabía que los principales apoyos de Jesús tal como Nicodemo y José de Arimatea eran judíos, que los discípulos eran judíos y que muchos judíos veían favorablemente a Jesús aunque no estaban totalmente comprometidos con él. Juan declara con claridad que “la salvación viene de los judíos”[v]. Los Evangelios son claros en que los líderes romanos, particularmente Pilatos, autorizaron y ejecutaron la crucifixión. Ellos tenían la responsabilidad de evitar que gente inocente fuera dañada, y con conocimiento de causa hicieron que un hombre inocente fuera torturado y matado. Ellos deben compartir la culpa. Estuvieron involucrados la religión y el estado.
Dejando esto aclarado me gustaría ahora hablar de si puede existir deicidio o no, ¿se puede matar a Dios?
David Núñez, en su obra citada, intenta demostrar que si que hubo deicidio por parte del pueblo judío y para ello recurre a la definición dogmática de las dos naturalezas de Cristo unidas hipostáticamente en una sola persona. Es cierto que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero también es cierto que es hombre sin dejar de ser Dios, y a Dios nadie lo puede matar. A modo de ejemplo y salvando las lógicas diferencias y distancias tanto teológicas como filosóficas, es como si dejaremos que al matar a un hombre (materia) se mata también al alma (espiritual y eterna). Entrar en estos temas es siempre peligroso desde el punto de vista de la ortodoxia teológica católica, por lo que dejaremos su discusión a los doctores de la Iglesia.
Otra cosas bien distinta es hablar de la culpabilidad o no de judíos y romanos en la muerte de Jesús.
El cardenal Kasper [vi] dice: “Si la cruz es voluntad de Dios, entonces no es accidente o casualidad alguna de la historia, sino una necesidad querida por Dios. Por eso hablan los textos neotestamentarios de un “tiene que” (dei) conforme al cual acontece todo (cf. Mc. 8,31). Por supuesto que no se trata de una necesidad histórica ni natural, sino que es impuesta por Dios y no se puede calcular racionalmente. El mismo Apocalipsis de Juan habla del cordero degollado desde el comienzo del mundo (Ap. 13,8; 1 Ped. 1,20)” Y yo añadiría que el mismo fin persigue  otra tradición neotestamentaria con ayuda de las llamadas fórmulas de entrega. Su gran antigüedad se ve en que se encuentra ya en la tradición sobre la última cena: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1 Cor. 11,23; Lc. 22,19). Y Kasper nos dice a este respecto: “En la primitiva tradición del Nuevo Testamento el sujeto de esta entrega es Dios mismo. El es quien entrega al Hijo del hombre en manos de los hombres.”[vii]
Jesús fue enviado al mundo para morir y Él muy pronto aceptó su misión plenamente convencido de que debía entregar su vida para salvar al género humano. En el arresto, juicio inicuo, pasión y muerte de Jesús, se cumple la voluntad del Padre. El mismo Jesús, cuando Pedro saca la espada para defenderle de las turbas en su prendimiento en el huerto de los olivos, le dice: “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?”[viii]  Pablo mira todo el camino de Jesús desde el motivo de la obediencia a la voluntad del Padre: “Se rebajó y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”[ix] Y la muerte de Jesús no se debe solamente a violencia externa, sino que acontece en libertad plena. “Nadie me quita la vida, sino que doy yo mismo. Puedo darla y puedo volverla a tomar.”[x]
En Cristo se cumple lo que ya Isaías  había predicho del  Siervo sufriente de Yahveh en el impresionante  y conmovedor 4º Canto del Siervo: “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados…”[xi]
La muerte de Cristo era imprescindible para la expiación del pecado original, por eso dice San Pablo: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.”[xii] Es decir, como aclara la nota de la Biblia de Jerusalén: “Dios hizo a Cristo solidario de la humanidad pecadora para hacer hombres solidarios de su obediencia y de su justicia.”[xiii]
En el Pregón Pascual cantamos todos los años: “Por redimir al esclavo has sacrificado al Hijo”; pero, en el mismo Pregón también cantamos: “¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor”!
En definitiva, judíos y gentiles somos igualmente culpables porque Jesús vino con el propósito de morir por su pueblo. De otra manera ninguno de nosotros tendría un Salvador. Lo que sucedió fue planeado por Dios, de acuerdo a su propósito, para la salvación de los judíos y de los no judíos. ¿Qué sentido tiene culpar u odiar a alguien por hacer lo que Dios había previsto y planeado para poder demostrar de una vez por todo  su inmenso amor por la humanidad descarriada?
En cierta ocasión oí a una persona mayor decir: “Si yo hubiera estado allí no hubiera dejado que le mataran”. Le respondí entonces y respondo ahora: Si nosotros hubiéramos estado allí, si hubiéramos sido el sumo sacerdote o sus ayudantes o la chusma congregada en el patio del pretorio, hubiéramos hecho lo mismo que ellos. Los judíos y los líderes romanos estaban actuando no sólo como representantes de dos grupos étnicos, sino como representantes de toda la humanidad. Todos  nosotros necesitábamos la muerte y resurrección de Jesús, y todo grupo étnico ha estado involucrado en muertes injustas y asesinato de gente inocente. Dios no odia a los judíos ni a los romanos, él los ama, así como ama a toda la humanidad, por eso vino a nosotros los humanos como nuestro Cordero expiatorio.
Para terminar me gustaría recordar lo que el apóstol de los gentiles dice de sus antiguos correligionarios: “En cuanto al Evangelio, (los judíos) son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros (los romanos) fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.”[xiv]
Naturalmente, ahora están religiosamente fuera del camino, pero Dios los ama de todos modos y en su infinito amor los traerá de nuevo a sí mismo. Nosotros, como cristianos tenemos la obligación de rezar por su conversión, aunque a ellos les pese, y para ello sirve la oración del viernes santo, la del Misal de Benedicto XVI: “Oremus pro Iudaeis. Ut Deus et Dominus noster illuminet corda eorum, ut agnoscant Iesum Christum salvatorem ómnium hominum.” “Omnipotens sempiterne Deus, quyi vis ut omnes homines salvi fiuant et ad agnitionem veritatis veniant, concede propitius, ut plenitudine gentium in Eccesiam Tuam intrante omnis Isarel salvus fiat. Per Christum Dominun nostrum. Amen.”
(Oremos también por los judíos. Para que nuestro Dios y Señor ilumine sus corazones, para que reconozcan a Jesucristo salvador de todos los hombres. Dios omnipotente y eterno, que quieres que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad que procede de Ti, concede por tu bondad que la plenitud de los pueblos entre en tu Iglesia y todo Israel sea salvado. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen).
Rafael Bellver Galbis





[i] López Jordán, R. “No son deicidas”.- Ed. Losada, Buenos Aires, 1967
[ii] Núñez, D. “En qué quedamos, son o no son deicidas los judíos?. Ed. Presencia en el mundo. Buenos Aires, 1967
[iii] Mt. 27,25
[iv] Benedicto XVI “Jesús de Nazareth” Ed. San Pablo, 2011
[v] Jn. 4,22
[vi] Kasper W. “Jesús el Cristo”.- Ed. Sígueme. Salamanca, 1974. Pag. 205
[vii] Kasper, W. Op. Cit.
[viii] Jn. 18,11)
[ix] Rm. 5,19
[x] Jn. 10,18
[xi] Is. 53, 3-5
[xii] 2ª Cor. 5,21
[xiii] Biblia de Jerusalén, Nota a 2ª Cor 5,21
[xiv] Rm. 11,28-32











































BIBLIOGRAFIA

Núñez, D. “¿En qué quedamos, son o no son deicidas los judíos?”Ed. Presencia en el Mundo. Buenos Aires, 1967
López Jordán, R. “No son deicidas”.- Ed. Losada, Buenos Aires, 1967
Kasper, W. “Jesús, el Cristo”.- Ed. Sígueme, Salamanca, 1974
Benedicto XVI.- “Jesús de Nazareth”.- Ed. San Pablo, Madrid, 2011
Biblia de Jerusalén.- Desclee de Brouwer, Bilbao, 1975