miércoles, 31 de agosto de 2011

¿ QUIÉN MATÓ A JESÚS?


¿QUIÉN MATO A JESÚS?
(La inutilidad de una controversia secular)

Parece que, al menos desde ciertos sectores de nuestra sociedad, y a raíz de lo escrito por Benedicto XVI en el segundo tomo de su magnífica obra “Jesús de Nazareth”, se está volviendo a plantear la antigua y manida cuestión del deicidio perpetrado por el pueblo judío en la persona de Jesús, el Cristo.
Si que es cierto que existen opiniones en un sentido o en otro, antes del Concilio Vaticano II y , por consiguiente antes de la publicación de la Constitución “Nostra Aetate”, y después del mismo. Valgan dos ejemplos, entre muchos, que, a mi parecer son dos de los más representativos, por la contundencia de los argumentos que uno y otro utilizan para defender su tesis: el libro del padre Rafael López Jordán S.J.[i] y el del padre David Núñez[ii]. Ambos, con profusión de citas y de documentación varia, intentan demostrar que no hubo deicidio por parte de los judíos y que si que lo hubo. (por cierto, los dos libros tienen el Nihil Obstat de su obispo, casualmente de la misma diócesis de Buenos Aires)
Mi intención en este escrito no es entrar en esta inútil polémica ya que, honradamente, creo que en las dos posiciones existen argumentaciones validas y otras no tan válidas. No obstante, si tuviera que decantarme respecto al llamado “deicidio”, diría que en realidad fue la obra de las dos partes actuantes en aquel drama: por una parte la casta sacerdotal judía, que veía amenazada su autoridad por la fama y el liderazgo de Jesús y que azuzó a un pequeño sector de la población de Jerusalén para que pidiera la muerte del justo (“Caiga su sangre sobre nuestras cabezas y la cabeza de nuestros hijos”[iii]) y, por otra parte, el poder político y militar de Roma que era el que tenía la autoridad para ejecutar a las personas en aquel Israel ocupado y conquistado, en este caso a Jesús.
No quiero exculpar a ninguna de las dos instancias ya que considero que las dos son culpables, aunque esa culpabilidad es relativa si pensamos que fueron meros instrumentos para que se llevara a cabo la plenitud de la historia de la salvación. Por lo tanto, en el supuesto de que tuviéramos que hablar de deicidio, tendríamos que decir en justicia que hubo un “coedeicidio” entre “judíos” y “romanos”, unos por intención y los otros por omisión y acción. Ciertos líderes judíos establecieron un juicio amañado y demandaron a Pilatos que ejecutara a Jesús y éste, aun a pesar de que sabía de su inocencia, lo condenó a muerte.
Hay que aclarar, sin embargo, utilizando las aseveraciones del Santo Padre Benedicto XVI en el libro citado[iv] que, cuando en el evangelio se habla de “judíos” no se está refiriendo a la totalidad del pueblo judío, sino a la casta sacerdotal del templo y a la “chusma” que estaba en el pretorio gritando. Y parafraseando al propio Papa, esto se podría aplicar también a los “romanos”. Conclusión: hablar de pueblo deicida, ya sea aplicado al pueblo de Israel, ya sea al Imperio romano, me parece una barbaridad y una falacia. Ya Aristóteles nos enseñaba que de un particular nunca se puede predicar un universal.
Juan sabía que los principales apoyos de Jesús tal como Nicodemo y José de Arimatea eran judíos, que los discípulos eran judíos y que muchos judíos veían favorablemente a Jesús aunque no estaban totalmente comprometidos con él. Juan declara con claridad que “la salvación viene de los judíos”[v]. Los Evangelios son claros en que los líderes romanos, particularmente Pilatos, autorizaron y ejecutaron la crucifixión. Ellos tenían la responsabilidad de evitar que gente inocente fuera dañada, y con conocimiento de causa hicieron que un hombre inocente fuera torturado y matado. Ellos deben compartir la culpa. Estuvieron involucrados la religión y el estado.
Dejando esto aclarado me gustaría ahora hablar de si puede existir deicidio o no, ¿se puede matar a Dios?
David Núñez, en su obra citada, intenta demostrar que si que hubo deicidio por parte del pueblo judío y para ello recurre a la definición dogmática de las dos naturalezas de Cristo unidas hipostáticamente en una sola persona. Es cierto que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero también es cierto que es hombre sin dejar de ser Dios, y a Dios nadie lo puede matar. A modo de ejemplo y salvando las lógicas diferencias y distancias tanto teológicas como filosóficas, es como si dejaremos que al matar a un hombre (materia) se mata también al alma (espiritual y eterna). Entrar en estos temas es siempre peligroso desde el punto de vista de la ortodoxia teológica católica, por lo que dejaremos su discusión a los doctores de la Iglesia.
Otra cosas bien distinta es hablar de la culpabilidad o no de judíos y romanos en la muerte de Jesús.
El cardenal Kasper [vi] dice: “Si la cruz es voluntad de Dios, entonces no es accidente o casualidad alguna de la historia, sino una necesidad querida por Dios. Por eso hablan los textos neotestamentarios de un “tiene que” (dei) conforme al cual acontece todo (cf. Mc. 8,31). Por supuesto que no se trata de una necesidad histórica ni natural, sino que es impuesta por Dios y no se puede calcular racionalmente. El mismo Apocalipsis de Juan habla del cordero degollado desde el comienzo del mundo (Ap. 13,8; 1 Ped. 1,20)” Y yo añadiría que el mismo fin persigue  otra tradición neotestamentaria con ayuda de las llamadas fórmulas de entrega. Su gran antigüedad se ve en que se encuentra ya en la tradición sobre la última cena: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1 Cor. 11,23; Lc. 22,19). Y Kasper nos dice a este respecto: “En la primitiva tradición del Nuevo Testamento el sujeto de esta entrega es Dios mismo. El es quien entrega al Hijo del hombre en manos de los hombres.”[vii]
Jesús fue enviado al mundo para morir y Él muy pronto aceptó su misión plenamente convencido de que debía entregar su vida para salvar al género humano. En el arresto, juicio inicuo, pasión y muerte de Jesús, se cumple la voluntad del Padre. El mismo Jesús, cuando Pedro saca la espada para defenderle de las turbas en su prendimiento en el huerto de los olivos, le dice: “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?”[viii]  Pablo mira todo el camino de Jesús desde el motivo de la obediencia a la voluntad del Padre: “Se rebajó y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”[ix] Y la muerte de Jesús no se debe solamente a violencia externa, sino que acontece en libertad plena. “Nadie me quita la vida, sino que doy yo mismo. Puedo darla y puedo volverla a tomar.”[x]
En Cristo se cumple lo que ya Isaías  había predicho del  Siervo sufriente de Yahveh en el impresionante  y conmovedor 4º Canto del Siervo: “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados…”[xi]
La muerte de Cristo era imprescindible para la expiación del pecado original, por eso dice San Pablo: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.”[xii] Es decir, como aclara la nota de la Biblia de Jerusalén: “Dios hizo a Cristo solidario de la humanidad pecadora para hacer hombres solidarios de su obediencia y de su justicia.”[xiii]
En el Pregón Pascual cantamos todos los años: “Por redimir al esclavo has sacrificado al Hijo”; pero, en el mismo Pregón también cantamos: “¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor”!
En definitiva, judíos y gentiles somos igualmente culpables porque Jesús vino con el propósito de morir por su pueblo. De otra manera ninguno de nosotros tendría un Salvador. Lo que sucedió fue planeado por Dios, de acuerdo a su propósito, para la salvación de los judíos y de los no judíos. ¿Qué sentido tiene culpar u odiar a alguien por hacer lo que Dios había previsto y planeado para poder demostrar de una vez por todo  su inmenso amor por la humanidad descarriada?
En cierta ocasión oí a una persona mayor decir: “Si yo hubiera estado allí no hubiera dejado que le mataran”. Le respondí entonces y respondo ahora: Si nosotros hubiéramos estado allí, si hubiéramos sido el sumo sacerdote o sus ayudantes o la chusma congregada en el patio del pretorio, hubiéramos hecho lo mismo que ellos. Los judíos y los líderes romanos estaban actuando no sólo como representantes de dos grupos étnicos, sino como representantes de toda la humanidad. Todos  nosotros necesitábamos la muerte y resurrección de Jesús, y todo grupo étnico ha estado involucrado en muertes injustas y asesinato de gente inocente. Dios no odia a los judíos ni a los romanos, él los ama, así como ama a toda la humanidad, por eso vino a nosotros los humanos como nuestro Cordero expiatorio.
Para terminar me gustaría recordar lo que el apóstol de los gentiles dice de sus antiguos correligionarios: “En cuanto al Evangelio, (los judíos) son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros (los romanos) fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.”[xiv]
Naturalmente, ahora están religiosamente fuera del camino, pero Dios los ama de todos modos y en su infinito amor los traerá de nuevo a sí mismo. Nosotros, como cristianos tenemos la obligación de rezar por su conversión, aunque a ellos les pese, y para ello sirve la oración del viernes santo, la del Misal de Benedicto XVI: “Oremus pro Iudaeis. Ut Deus et Dominus noster illuminet corda eorum, ut agnoscant Iesum Christum salvatorem ómnium hominum.” “Omnipotens sempiterne Deus, quyi vis ut omnes homines salvi fiuant et ad agnitionem veritatis veniant, concede propitius, ut plenitudine gentium in Eccesiam Tuam intrante omnis Isarel salvus fiat. Per Christum Dominun nostrum. Amen.”
(Oremos también por los judíos. Para que nuestro Dios y Señor ilumine sus corazones, para que reconozcan a Jesucristo salvador de todos los hombres. Dios omnipotente y eterno, que quieres que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad que procede de Ti, concede por tu bondad que la plenitud de los pueblos entre en tu Iglesia y todo Israel sea salvado. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen).
Rafael Bellver Galbis





[i] López Jordán, R. “No son deicidas”.- Ed. Losada, Buenos Aires, 1967
[ii] Núñez, D. “En qué quedamos, son o no son deicidas los judíos?. Ed. Presencia en el mundo. Buenos Aires, 1967
[iii] Mt. 27,25
[iv] Benedicto XVI “Jesús de Nazareth” Ed. San Pablo, 2011
[v] Jn. 4,22
[vi] Kasper W. “Jesús el Cristo”.- Ed. Sígueme. Salamanca, 1974. Pag. 205
[vii] Kasper, W. Op. Cit.
[viii] Jn. 18,11)
[ix] Rm. 5,19
[x] Jn. 10,18
[xi] Is. 53, 3-5
[xii] 2ª Cor. 5,21
[xiii] Biblia de Jerusalén, Nota a 2ª Cor 5,21
[xiv] Rm. 11,28-32











































BIBLIOGRAFIA

Núñez, D. “¿En qué quedamos, son o no son deicidas los judíos?”Ed. Presencia en el Mundo. Buenos Aires, 1967
López Jordán, R. “No son deicidas”.- Ed. Losada, Buenos Aires, 1967
Kasper, W. “Jesús, el Cristo”.- Ed. Sígueme, Salamanca, 1974
Benedicto XVI.- “Jesús de Nazareth”.- Ed. San Pablo, Madrid, 2011
Biblia de Jerusalén.- Desclee de Brouwer, Bilbao, 1975






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