REFLEXIONES EN TORNO A LA MANIFESTACIÓN ANTI-PAPA
RAFAEL BELLVER GALBIS
El Gobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero & Rubalcaba, que no ha tenido más remedio que admitir que la JMJ no ha representado ningún gasto para las arcas del Estado y que ha sido un éxito para la Iglesia Católica, no tuvo la menor duda en autorizar una manifestación reaccionaria contra el Papa y contra los millones de jóvenes católicos que, de forma pacífica, conciliadora y alegre, llenaban calles y plazas de la capital de España. Una verdadera, reaccionaria y trasnochada exhibición de intolerancia contra los católicos. Y que jamás se hubiera autorizado contra otros grupos y reuniones. ¿Se imaginan una manifestación similar contra los perroflautas del 15 M?
Los cinco mil reaccionarios anticatólicos que salieron a calle no merecerían ningún interés si no hubiesen sido arropados y estimulados desde el mismo Gobierno de la nación y si algún medio de comunicación afín al mismo no les hubiese dado mayor cobertura que a los dos millones de jóvenes de la JMJ. Es el último intento de deslegitimar el hecho religioso cristiano y, sobre todo, el católico, como incompatible con la democracia y la modernidad. Y esto de la mano de un grupúsculo que dice ser defensor de la “democracia real” ¡Qué sabrán ellos de esas cosas! La citada manifestación no era una defensa del laicismo, como quisieron hacernos creer, sino un acto de profunda intolerancia hacia el catolicismo, un rechazo agresivo de las creencias religiosas de los demás, del derecho mismo a esas creencias y a su exhibición pública, como si las únicas “creencias” que se pueden hacer públicas fuesen las suyas. En esa manifestación hubo agresiones reales contra jovencitos menores de edad por el mero hecho de exhibir en su cuello la cruz del peregrino o por estar rezando el Santo Rosario sentados en las aceras de la Puerta del Sol (y esto no me lo ha contado ningún periodista, lo vi yo con mis propios ojos, entre otras cosas porque era el responsable de uno de estos grupos de jóvenes que contestaron simplemente con más oraciones). Gritos como “la Puerta del sol es nuestra” demuestran la “democracia” de estos energúmenos.
Este espíritu de no beligerancia ha puesto en evidencia el carácter intolerante de cierta izquierda de ceño fruncido, cuyo anticlericalismo de guardarropía ha quedado totalmente desacreditado. El legado de discordia del zapaterismo, empeñado en enfrentar a las viejas dos Españas en dualidades superadas, ha topado con la actitud bonancible de la muchachada peregrina y su aire festivo capaz de desarmar cualquier hostilidad ideológica.
Se gritaba “No con mis impuestos”, cuando, la mayoría de esos 5000, si es que eran tantos, no figurarán ni en el padrón municipal. Y la respuesta de los jóvenes era: “Esta mochila me la he pagado yo”, cosa cierta realmente. Los más de 500.000 inscritos oficialmente en las JMJ hemos pagado una media de 100 €, y con los mismos se nos ha proporcionado la mochila del peregrino con todo lo que había dentro (muchas cosas patrocinadas por empresas privadas como El Corte Inglés, Endesa, Caja Madrid, etc.), incluidos los vales para las comidas que se podían adquirir en los cientos de establecimientos adheridos a la JMJ (sólo con eso los peregrinos hemos “dejado” unas ganancias de muchos millones de euros en los bares y restaurantes madrileños. Los mismos comerciantes de la malparada Puerta del Sol han podido resarcirse de dos meses de ocupación ilegal, que tanto daño les ha hecho económicamente hablando). El Estado ha pagado muy poco (Pepiño dixit), todo lo más ha prestado un campo de aviación que tienen abandonado en las afueras de Madrid y que gracias a ello han desbrozado y limpiado. El Santo Padre ha comido y se ha hospedado en “su casa” (la Nunciatura Apostólica). Todo esto sería muy conveniente que lo supiesen los 5000 “indignaos”, aunque dudo que quieran saberlo dada su fanática intransigencia.
En definitiva, hemos asistido a una gran zafiedad intelectual de llamar marcha laica a la que meramente ha sido una exhibición de cristofobia.
Que todo el logro de esos esfuerzos gubernamentales y mediáticos haya sido un par de marchitas tan desasistidas de gente como sobradas de macarrismo y agresividad, y, sobre todo que la JMJ haya alcanzado dimensiones tan impactantes, plantea una segunda reflexión. Y es que podemos estar asistiendo a un punto de inflexión en España en el debate político sobre el papel de la religión. Una inflexión en la que pierde impulso el afán socialista, radicalizado por Zapatero, de identificar la religión con el pasado, de equiparar el catolicismo aplastantemente dominante con religiones minoritarias, o de impedir la participación de la Iglesia Católica en los debates públicos. Y en la que el hecho religioso, que es en España, fundamentalmente el hecho católico, pueda expresarse en el espacio público sin la tradicional presión de la reacción anticatólica.
La jerarquía católica ni siquiera ha necesitado argumentos explícitos para reforzar su evidente demostración de musculatura social; si los adalides de la “democracia real” reclaman su derecho a que se les tenga en cuenta por su capacidad de ocupar espacios públicos, que son de todos, no hay que olvidarlo, cuánto más habrá que oír a la aplastante multitud de la JMJ. El contraste entre la beatífica alegría de los peregrinos y el airado encono de sus detractores deja a éstos desarbolados de fuerza moral. Triste progresismo es el que apostrofa encolerizado a candorosos adolescentes mochileros y malbarata sus nobles ideales en la cruzada inútil de una protesta intransigente.
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