EL PAPA Y LA EXONERACIÓN DEL PUEBLO JUDIO EN LA MUERTE DE CRISTO
RAFAEL BELLVER GALBIS
De nuevo surge la polémica ante las declaraciones realizadas por Benedicto XVI en el segundo tomo de Jesús de Nazaret al referirse a la participación del pueblo de Israel en la condena y muerte de Jesús.
Ante mi comentario acerca de lo que el Papa ha dicho o no dicho en su libro, se apresuran los del blogg “dezpierta” a rebatir mis argumentos diciendo, entre otras lindezas que “el Papa Benedicto XVI demuestra, una vez más, su prepotencia por encima de la Palabra de Dios, exonera al que fue el pueblo de Dios del asesinato del Mesías aludiendo que fueron los romanos los que cometieron aquel fatídico hecho”. (que conste que la mala redacción es de ellos).
Ante tal “argumentación” tan erudita he estado a punto de no contestar, pero lo he pensado mejor y creo que no voy a dejarles que crean que su “maravillosa dialéctica” me ha convencido.
Antes que nada quiero hacer notar que la obra “Jesús de Nazaret” es un libro que aparece firmado en primer lugar por Joseph Ratizinger, es decir que, aunque luego posponga el nombre del Papa, se trata de una exégesis bíblica realizada por un teólogo, no un documento doctrinal ni del magisterio ordinario ni extraordinario. Aquí el Papa no escribe “ex chatedra” sino como el gran teólogo que es. No obstante Ratzinger en esta obra, una vez más, deja entrever su categoría y su autoridad como teólogo. En su exégesis, como bien afirma el cardenal Oullet[1], el autor se esfuerza por aplicar con mayor profundidad los tres criterios de interpretación formulados en el Vaticano II por la constitución sobre la divina Revelación “Dei Verbum”: tener en cuenta la unidad de la Sagrada Escritura, el conjunto de la Tradición de la Iglesia, y respetar la analogía de la fe. Como buen pedagogo, tal como nos ha acostumbrado en sus homilías mistagógicas, dignas de San León Magno, Benedicto XVI, partiendo de la figura –central y única- de Jesús, muestra la plenitud de sentido que brota de la Sagrada Escritura “interpretada a la luz del mismo Espíritu mediante el cual fue escrita”[2].
Toda su exégesis, no solamente cuando habla de los acusadores y de los ejecutores de Jesús, está siempre bien fundamentada en las opiniones de los mejores teólogos alemanes, sino también de autores franceses, ingleses y latinos, cosa que echo mucho de menos en sus detractores, que pocas veces nombran las fuentes en las que se fundamentan, con lo cual dan la impresión que simplemente son opiniones a título personal, respetables, sí, pero poco consistentes desde el punto de vista científico y exegético.
El libro de Ratzinger, desde mi punto de vista es una obra maestra que nos acerca mucho más al Jesús real en sus dos vertientes, la de la historia y la de la fe. Y no deberíamos sacar conclusiones gratuitas después de haber leído un capítulo o un fragmento de capítulo. La crítica literaria, también la teológica, hay que hacerla después de haber leído toda la obra ya que, sacando frases o rozos fuera de contexto lo único que conseguimos es hacer interpretaciones capciosas y sin ningún rigor.
Por eso, criticar el obro solamente porque en dos páginas hable del papel de los judíos en la acusación y la ejecución de Jesús de Nazaret, me parece poco serio, máxime cuando no dice nada nuevo en esencia sino que se limita a explicar mejor y con datos más fundamentados lo que ya el 1965 decía la Declaración conciliar “Nostra Aetate”[3]: “Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.”
Este tema, al igual que el de los preservativos y muchos otros, han estado ahí desde hace mucho tiempo sin que nadie haya alzado la voz. Sin embargo cuando el papa Ratzinger lo intenta explicar usando un montón de argumentos históricos, morales o teológicos, enseguida aparecen voces discordantes, opiniones histriónicas y disidencias más o menos serias.
Pero pasemos a lo que en realidad dice el Papa:
El profesor Ratzinger, en su libro citado afirma lo siguiente: “Pero preguntémonos antes de nada: ¿Quiénes eran exactamente los acusadores? ¿Quién ha insistido en que Jesús fuera condenado a muerte? En las respuestas que dan los Evangelios hay diferencias sobre las que hemos de reflexionar. Según San Juan, son simplemente “los judíos”. Pero esta expresión de Juan no indica en modo alguno el pueblo de Israel como tal- como quizá podría pensar el lector moderno-, y mucho menos aun comporta un tono “racista”. A fin de cuentas, Juan mismo pertenecía al pueblo israelita, como Jesús y todos los suyos. La comunidad cristiana primitiva estaba formada enteramente por judíos. Esta expresión tiene en Juan un significado bien preciso y rigurosamente delimitado: con ella designa la aristocracia del templo. En el cuarto Evangelio, pues, el círculo de los acusadores que buscan la muerte de Jesús está descrito con precisión y claramente delimitado: designa justamente la aristocracia del templo, e, incluso en ella, puede haber excepciones, como da a entender la alusión a Nicodemo (cf. 7,50ss).
En Marcos, en el contexto de la amnistía pascual (Barrabás o Jesús), el círculo de los acusadores se amplia: aparece el “ochlos”, que opta por dejar libre a Barrabás. “Ochlos” significa ante todo simplemente un montón de gente, la “masa”. No es raro que la palabra tenga una connotación negativa, en el sentido de “chusma”. En cualquier caso, no indica el “pueblo” de los judíos propiamente dicho. En la amnistía de Pascua (que en realidad no conocemos por otras fuentes, pero de la cual no hay razón alguna para dudar), la gente –como es usual en amnistías de este tipo- tiene derecho a presentar una propuesta manifestada por “aclamación”: en este caso, la aclamación del pueblo tiene una carácter jurídico (cf. Pesch, Markusevangelium, II, p. 446). En cuanto a esta masa se trata en realidad de partidarios de Barrabás, movilizados por la amnistía; naturalmente, como rebelde al poder romano podía contar con cierto número de simpatizantes. Por tanto, estaban presentes los secuaces de Barrabás, la “masa”, mientras que los seguidores de Jesús permanecían ocultos por miedo; por eso la voz del pueblo con la que contaba el derecho romano se presentaba de modo unilateral. Así, en Marcos, aparecen los “judíos”, es decir, los círculos sacerdotales distinguidos, y también el “ochlos”, el grupo de partidarios de Barrabás, pero no el pueblo judío propiamente dicho.
El ochlos de Marcos se amplía en Mateo con fatales consecuencias, pues del habla del “pueblo entero” (27,25), atribuyéndole la petición de que se crucificara a Jesús. Con ello Mateo no expresa seguramente un hecho histórico: ¿cómo podría haber estado presente en ese momento todo el pueblo y pedir la muerte de Jesús? La realidad histórica aparece de manera notoriamente correcta en Juan y Marcos. El verdadero grupo de los acusadores son los círculos del templo de aquellos momentos, a los que, en el contexto de la amnistía pascual, se asocia la “masa” de los partidarios de Barrabás”.”[4]
La exposición del Papa no puede ser más clara y más convincente desde el punto de vista de la exégesis bíblica. En ningún momento está quitando la responsabilidad histórica de la muerte de Jesús a una parte del pueblo judío. Lo que él nos dice es que esta responsabilidad no la podemos hacer recaer sobre “todo el pueblo judío” sino de una parte de ese pueblo, sobre todo de la aristocracia del templo, de los que realmente tenían poder para manejar al “ochlos”, es decir, a la chusma que se había concentrado delante del pretorio.
Los mismos “críticos” del blogg “dezpierta”, cuando quieren demostrar que el Papa está equivocado, citan a:
· Mt. 26, 3-5, que dice “Entonces los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo, es decir los mandamases del templo (el subrayado es mío) se reunieron en el patio de sumo sacerdote Caifás, el que más mandaba, y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús y matarle. Pero decían, no por las fiestas para que no se haga alboroto en el pueblo.”
· Mt. 26,47, que dice: “Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo”, otra vez los mandamases.
· Mc. 14,55: “Y los principales sacerdotes y todo el sanedrín buscaban testimonio contra Jesús para entregarle a la muerte”. ¿Quiénes formaban el Sanedrín?
· Mt. 26,65: “Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos?. Esto no lo dijo nadie del pueblo llano…
Y así podríamos llenar dos o tres folios, pero en ninguna de estas citas se demuestra nada diferente a lo que Ratzinger nos dice en su libro, a saber, que fueron los Sumos sacerdotes, los Ancianos, el Sanedrín, es decir, la casta aristocrática del templo y del pueblo los que acusaron y llevaron a Jesús a la Cruz.
Pienso que la cuestión de quien acusó y mató a Jesús no es sustancial para entender el acto supremo de la Redención. Jesús, el Cristo, debía morir para expiar sobre si los pecados de la humanidad, ese era el designio del Padre, para eso fue enviado al mundo y para eso tomó nuestra condición humana. [5] Si el padre ha tenido a bien mandarnos a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados, ¿qué más da quien le acusara y le matara en la plenitud de los tiempos? En realidad todos fuimos sus acusadores y todos sus asesinos porque Él estampó en la cruz todos nuestros pecados. Ya el profeta Isaías nos lo profetizó de esta manera: “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores lo que él soportaba!”[6].
Los mismos detractores de “dezpierta”, en un momento de lucidez dicen lo siguiente: “El pueblo judío no debe acarrear la culpa de aquellos principales dirigentes y del pueblo que los secundó, que asesinaron a Jesucristo. Cada cual debe llevar su culpa y los judíos son tan culpables como nosotros de la muerte de Jesús en la cruz, porque murió por nuestros pecados y por los de ellos”. Lo cual no deja de chocar con las acusaciones de prepotente, demagogo y otros piropos que le dedican al Santo Padre por decir, en esencia, lo mismo que ellos.
Aquí el Papa Ratzinger lo único que hace es una exégesis histórico-crítica, sin olvidarse de la fe, para constatar unos hechos que demuestran que los acusadores fueron judíos, sí, pero una parte de ellos, no todos, entre otras coxas porque es imposible que frente al pretorio cupieran todos los habitantes de Israel gritando ¡crucifícale!. Queda muy clarfo que a los que realmente molestaba Jesús era a los aristócratas y dirigentes del templo y del Sanedrín puesto que la predicación que impartía les denunciaba continuamente y les ponía en evidencia delante del pueblo. Además ¿no eran judíos los discípulos? ¿No eran judías María Magdalena, Salomé, María la de Cleofás…? ¿No eran judíos Nicodemo y José de Arimatea? ¿No eran también judías las mujeres que lloraban cuando veían pasar a Jesús cargado con la cruz por la vía dolorosa? ¿QUIEN ES PUES TODO EL PUEBLO JUDÍO?
[1] Cardenal Oullet: “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI. Intervención publicada en L’Osservatore Romano” 10-03-2011
[2] Dei Verbum, 12
[3] Declaración “Nostra Aetate” sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Roma 1965 nº 2
[4] J. Ratzinger. Benedicto VI. “Jesús de Nazaret. Tomo II, pág, 217-219
[5] Cf. 1 Jn. 4, 10-14
[6] Is. 53, 3-4
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