jueves, 28 de noviembre de 2019

El Sínodo de la Amazonia y los escándalos del Vaticano bergogliano


 El Sínodo del Amazonas y los escándalos del Vaticano bergogliano


Cada vez es más evidente que estos sínodos celebrados en Roma no son realmente sínodos, no en el sentido auténtico de lo que se supone que es un sínodo. En el mundo real de los sínodos, un gran número de obispos presenta algún problema apremiante que necesita deliberación, reflexión, discusión y oración, y, después de un tiempo, proporcionan al Santo Padre alguna consulta sobre cómo abordar cualquiera que sea el problema dado. 

Este sínodo actual, junto con los pasados propiciados por Bergoglio, solo tiene la apariencia de ello, cuando, de hecho, la mayor parte de lo que se determinará ya ha sido predeterminado.

Por ejemplo, el último que se ha desarrollado en Roma que, según los promotores era para tratar sobre la escasez de sacerdotes en la Amazonía. ¿Sí? Este tema ha ocupado un mes, un mes entero, mientras que el tema que sacude a la Iglesia desde su núcleo, el abuso sexual, en su mayoría homosexual, duró tres días en febrero pasado. Y ni siquiera fue un sínodo. 

Y aquí tenemos el caso de algo que encaja muy bien en la agenda de la izquierda, vestido con un vocabulario que suena espiritual.

Pero sucedió algo extraño en el camino al Forum: ocurrieron una serie de desastres de relaciones públicas para los organizadores del sínodo, entre los cuales el lanzamiento de Pachamama por parte de los Comandos Católicos, causó una respuesta hipócrita del Vaticano considerándolo un "robo", justo en medio de un robo de millones de dólares por cardenales corruptos, todos ellos afines al señor que ocupa ahora la cátedra petrina.

Meses atrás, el documento de trabajo, llamado Instrumentum Laboris una pauta para la reunión, fue publicado, e inmediatamente cuestionado y demonizado por cardenales y obispos como herejía y apostasía. Eso causó tanto retroceso que en la primera reunión de prensa del sínodo, nada menos que el carenal Lorenzo Baldiserri tuvo que minimizar el documento ante los reporteros reunidos.

Luego, incluso antes de que comenzara el sínodo real, se llevó a cabo el espectáculo de la ceremonia de plantación de árboles, una adoración a la Madre Tierra en los jardines del Vaticano, con una estatua de una diosa embarazada desnuda, o una mujer, o lo que sea; nadie, desde el Vaticano, parece estar dispuesto a decir qué o quién es, aunque de todos es sabido que se trata del ídolo dedicado a la Madre Tierra.

Luego, dentro de los muros del Vaticano, las oficinas del Secretario de Estado fueron allanadas en secreto, es decir, hasta que alguien filtró la información a los medios italianos y el jefe de seguridad del Vaticano terminó cayendo por todo el asunto. ¿La razón de la redada, al menos en parte? Un robo de 500 millones de dólares del Óbolo de san Pedro por prelados de alto rango que están cerca del que dice ser ahora Pedro (Bergoglio), que utilizaron el dinero, en parte, para comprar propiedades enormemente caras en Londres, aparentemente por fines de inversión.

Luego, resulta que Bergoglio, cuando se le preguntó, le dijo a los íntimos que quería toda esta confusión porque se ajusta a un modelo de realineamiento, dando lugar a una nueva comprensión de la Iglesia (¿???)

También los fieles reporteros católicos en la sala de prensa presentan grandes desafíos sobre anomalías temporales y espirituales, prelados que fueron perseguidos en la calle, por periodistas católicos, pero se negaron a responder a las preguntas más básicas. Nada de eso se ve bien.

Luego, la noticia bomba publicada por un editor ateo, amigo de Beroglio, de que éste realmente no cree que Jesús era divino mientras vivió en la tierra, afirmación que el Vaticano no negó claramente.

Entonces surgió un problema que los organizadores del sínodo no habían planeado, el infanticidio, y se quedaron en la sala de prensa, negándolo todo, cuando la conferencia episcopal brasileña sabía que existía dicha práctica entre los indios y publicó enlaces al respecto en su sitio web, solo para tratar de ocultar la información al día siguiente, eliminando todos los enlaces, después de que un intrépido periodista italiano escribió sobre ello, y obtuvo titulares internacionales.

Luego, unos días después, descubrimos que uno de los principales grupos organizadores del sínodo ha estado recibiendo millones en fondos de la Fundación Ford, con sede en los Estados Unidos, uno de los mayores patrocinadores internacionales del aborto y la agenda homosexual.

Después nos enteramos de que políticos comunistas fueron invitados bajo el paraguas del  teólogo de la liberación desde hace mucho tiempo, el cardenal Cláudio Hummes, quien luego niega haber tenido algo que ver con eso, incluso después de que los comunistas le agradecieron públicamente ser invitados.

Y, casi como guarnición, la idea de que se considerara una lista de los llamados "pecados ecológicos" atrajo el ridículo casi inmediato de todo el mundo.

Luego, se presentaron cargos poco velados de imperialismo o colonialismo contra los fieles católicos que desean intensificar el esfuerzo de evangelizar, siguiendo el mandato imperativo del Señor Jesucristo: “Id y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,19) y no solo inculturizar como pretenden éstos del sínodo amazónico.

En lo que respecta a los eventos de relaciones públicas, este ha sido un desastre absoluto para el Vaticano.

De hecho, la avalancha de cobertura veraz, pero negativa para el Sínodo, ha molestado y enfurecido tanto a los marxistas dentro del Vaticano, que nada menos que el pitbull papal especial Antonio Spadaro sintió que era necesario arremeter contra los fieles católicos que informaban sobre todo esto. 

Tuiteó que todo esto tiene alguna motivación política: "de la fe a la política, todo está conectado". Aparentemente, Spadaro no se ha detenido a considerar que esa puerta se abre en ambos sentidos, lo que es más que evidente en este sínodo. Sí, se trata de política.

Solo miremos la lista: adoración a las diosa Pachamama, robo de cientos de millones del Óbolo de san Pedro, infanticidio, financiación de gigantes del aborto, preguntas sobre la falta de fe del Papa en la divinidad de Nuestro Señor, participación activa de los comunistas, una lista de pecados inventados: estos no son los ingredientes de un exitoso sínodo del Vaticano.

Agreguemos a esto la especulación desenfrenada de que, al igual que los sínodos anteriores, el resultado ya está predeterminado porque se han elegido en gran medida solo participantes liberales o radicales, y tenemos lo que se llama un espectáculo de perros y ponis.

No pocas personas piensan que el documento final estaba escrito antes incluso de empezar el sínodo, y tal vez solo se necesiten algunos ajustes menores. Entonces, el sínodo en sí, todas las discusiones, las conferencias de prensa diarias, incluso la votación final no es más que un gran trabajo artificial. El documento final, incluso antes de que se escribiera, ya estaba guardado en silencio en el cajón de un cardenal, listo para sacarlo en el momento justo.

Roma se ve cada vez más como una colección de mentirosos, homosexuales, ladrones, artistas del engaño, herejes y marxistas. 

Entonces, si esa es la imagen que este sínodo pone de relieve, si eso es lo que ha revelado la luz del sol, entonces tal vez no fue una pérdida total de tiempo después de todo. La claridad siempre es buena. Comprender exactamente lo que está sucediendo nunca es algo malo. Ayudar a las personas a ver y comprender fácilmente el desorden, siempre es útil.

Cualquiera que sea el disenso radical teológico que surja de esto, una vez que todo el polvo se haya asentado, el Sínodo del Amazonas bien puede ser recordado no por crear un espacio para el clero casado o por soñar con una "teología ecológica integral", sea lo que sea, sino por ser el Sínodo del Sol, donde toda la corrupción finalmente salió a la luz del día para que todos la vieran.

La Pachamama no puede estar satisfecha con ese resultado.



sábado, 20 de abril de 2019


BERGOGLIO Y LA CACAREADA TOLERANCIA CERO CONTRA LOS ABUSOS SEXUALES DEL CLERO

Bergoglio desde que sus amiguitos le hicieron papa de Roma no ha parado de cacarear que él tendría tolerancia cero con los abusadores sexuales que existen a miles dentro del clero de todo el mundo. La última alharaca ha sido esa “Gran reunión” vaticana con los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo y con sus amiguitos de la curia para tratar el tema y aportar soluciones del pasado mes de febrero.
Pero visto lo visto, todo se ha quedado, como todo lo que dice este buen hombre, en “parole, parole, parole”.
Hasta el otoño pasado, la fórmula “tolerancia cero” era una de las más recurrentes en las palabras y los escritos de Bergoglio, para explicar cómo enfrentarse a los abusos sexuales cometidos por el clero contra las víctimas menores de edad. (Que en un 90 % son pre púberes o púberes masculinos, aunque él y sus ad lateres se empeñan en afirmar que homosexualidad y pedofilia no tiene nada que ver).
Pero desde entonces ha desaparecido. Ha desaparecido del documento final del sínodo sobre los jóvenes; ha desaparecido de la posterior exhortación apostólico “Christus vivit”; ha desaparecido de los discursos y documentos de la cumbre sobre los abusos sexuales citada. Es más: al inicio de esa cumbre Bergoglio distribuyó a los participantes los 21 “puntos de reflexión” escritos de su puño y letra, que desde luego no iban para nada de acuerdo con la “tolerancia cero”.
Por ejemplo, el punto 14 decía: “Es necesario salvaguardar el principio de derecho natural y canónico de la presunción de inocencia hasta que se pruebe la culpabilidad del acusado”. Y el punto 15: “Respetar el principio tradicional de proporcionalidad de la pena respecto al delito cometido.
Las medidas adoptadas en estos últimos meses, casi las únicas de su “pontificado” contra cinco cardenales y arzobispos que han acabado siendo procesados por abusos cometidos o “encubiertos” confirman plenamente este cambio de línea.
No hay una medida que sea igual a otra. Y sólo en un caso dicha medida ha consistido en reducir al estado laical al condenado, cuando en cambio, en virtud de la  grandilocuente “tolerancia cero”, esta debería ser la sanción que habría que imponer a todos, también a quien ha cometido un único abuso contra una única víctima, hace muchos años. (Hay que recordar que el “tradicionalista y anticuado” Papa Benedicto XVI, durante los 8 años de su pontificado, redujo al estado laical a más de 800 curas y obispos por este motivo)
Se sabe que quien ha sido reducido al estado laical es el ex cardenal Theodore McCarriik. Y lo ha reducido no sin antes haberle recibido y abrazado numerosas veces y darle carguitos de responsabilidad y haberlo defendido a ultranza aun sabiendo como sabía que este sinvergüenza era un depredador sexual, incluso a sus 80 años, que igual abusaba de monaguillos que de seminaristas que de curitas jóvenes. Pero las pruebas fueron tan abrumadoras que no tuvo otro remedio. En cambio, no lo ha sido ninguno de los otros cuatro sancionados antes y después de él.
El cardenal australiano George Pell (recordemos que era su mano derecha en los asuntos económicos de la Banca Vaticana, sabiendo como sabía de sus devaneos) y el cardenal francés Philippe Barbarin, ambos condenados por tribunales seculares de sus respectivos países, en espera de la apelación, han tenido en el foro eclesiástico un trato muy distinto, más duro con Pell y más garantista con Barbarin.
Aún más indulgente ha dado la impresión de ser Bergoglio con el cardenal Ricardo Ezzati Andrello, limitándose a aceptar el 23 de marzo su dimisión como arzobispo de Santiago de Chile, el día después de ser acusado de encubrimiento de abusos. (Recuerde que en Chile, más del 70 % de los obispos son sospechosos de abusos o de encubrimientos y que le presentaron la dimisión en grupo, aunque él no la aceptó).
Y aún más distinto ha sido el trato otorgado al ex arzobispo de Agaña en la isla de Guam, Anthony Sablan Apuron, condenado de manera definitiva el pasado 7 de febrero con la privación del cargo, prohibición absoluta de vivir, aunque sea de manera temporal, en la archidiócesis de Agaña y prohibición absoluta de utilizar los signos propios de su condición de obispo.
A pesar de todo esto, Apuron no ha sido reducido al estado laical, incluso después de haber sido reconocido culpable de “delitos contra el sexto mandamiento con menores”. Puede celebrar la Eucaristía, aunque lejos de Guam, y llevar los signos episcopales de su condición de obispo.
Y esto sólo si tenemos en cuenta los casos más flagrantes y más significativos por el cargo que ocupaban. Nada o casi nada se ha hecho con los cientos de sacerdotes que continúan siéndolo después de haber sido acusados y haberse probado en muchos casos que son homosexuales pedófilos.
Y esta “política bergogliana”, diseñada, apoyada y conducida por sus amigos los cardenales Kasper, Marx y otros como ellos, choca con la “tolerancia cero” que es la directriz de la Iglesia Católica de Estados Unidos a partir de la “Carta de Dallas” de 2002, cuando era presidente de la Conferencia Episcopal precisamente ese Wilton Gregory que “Decimejorge” ha promovido como arzobispo de Washington el mismo día de la publicación de las blanda condena de Apuron.
También ha estado años disculpando y ascendiendo a Juan Barros, (lo nombró obispo de Osorno sabiendo como sabía de su implicación en el affaire Karadima) que encubrió durante muchísimo tiempo a Karadima.  En su visita a Chile tuvo que oír cómo la Asociación de víctimas de abusos del clero acusaba a su amigo el obispo Barros de romper todas las denuncias que se interponían contra el cura Karadima, un depredador homosexual pedófilo culpable de cientos de abusos contra niños y adolescentes. Pero Bergoglio se enrocó en su negativa de cesar al obispo diciendo que todo eran calumnias, llegando a decir  “tontos” a los que se creían las acusaciones contra Barros y Karadima, dejando en evidencia a los cientos de  víctimas de esa desalmado depredador sexual. (La misericordia sólo para los acusados…a las víctimas, palos)
Finalmente, ante el aluvión de pruebas presentadas por el abogado mendocino Carlos Lombardi, representante legal de la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico, muy a su pesar, no tuvo más remedio que reconocer los hechos consumados y aceptó la renuncia del obispo, aunque en ningún caso redujo a Barros al estado laical.
El mismo Bergoglio ha sido instando por la Organización ECA[1] a que entregue todos los documentos alusivos a su gestión como arzobispo de Buenos Aires (1998-2013) y a que coopere con las autoridades civiles de su Argentina natal para que se determine si él encubrió al sacerdote Julio César Grassi, creador de la Fundación Felices Niños y convicto de abusar sexualmente de ellos, al sacerdote Nicola Corradi, acusado de violar a niños sordos del Instituto Próvolo de Mendoza y al obispo Gustavo Zanchetta, quien fue nombrado por él asesor de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, aun a sabiendas que estaba implicado en numerosos abusos pedófilos cuando era titular de la diócesis de Orán.
Y así podríamos estar citando cientos de casos más, pero creemos que con la muestra nos basta.
Deciduamente la “tolerancia cero contra los abusos sexuales del clero” no funciona con Bergoglio o por lo menos funciona igual de mal que con sus predecesores. Nihil novis sub sole.
Pero lo que las actuales máximas jerarquías de la Iglesia no han sido capaces de decir –antes, durante y después de la cumbre de febrero llevada a cabo en el Vaticano sobre los abusos sexuales perpetrados por ministros consagrados, lo ha dicho y escrito el papa emérito Benedicto XVI en los apuntes que ha hecho públicos el 11 de abril, luego de haber informado al secretario de Estado Pietro Parolin y al mismo Bergoglio.
Ratzinger fue a la raíz del escándalo: a la revolución sexual del 68, al colapso de la doctrina y de la moral católicas entre los años 60 y 80, a la caída de la distinción entre el bien y el mal y entre la verdad y la mentira, a la proliferación de “clubes homosexuales” en los seminarios, a la imposición de un “llamado” garantismo que hizo intocables a los que justificaban esas novedades, incluida la misma pedofilia, y en último análisis al alejamiento de ese Dios que es la razón de vida de la Iglesia y el sentido de orientación de cada hombre.
De eso surge el juicio de Ratzinger, que la tarea de la Iglesia de hoy es reencontrar la valentía de “hablar de Dios” y de “anteponer” a Dios en todo; de volver a creer que Él está realmente presente en la Eucaristía, en vez de “rebajarla a gesto ceremonial”; de mirar a la Iglesia como llena de cizaña pero también del grano bueno, de santos y de mártires, para defenderla del descrédito del Maligno, sin engañarnos pretendiendo hacer nosotros mismos una tarea mejor, totalmente política, que “no puede representar ninguna esperanza”.
Este análisis del Papa emérito ciertamente provocará discusiones, visto cuán distante está de lo que se dice y se hace hoy en las altas jerarquías de la Iglesia respecto al escándalo de los abusos sexuales, en una perspectiva que es sustancialmente jurídica y que oscila entre los dos polos de la “tolerancia cero” y del garantismo. Un garantismo totalmente diferente de aquel otro, “llamado” de ese modo, reclamado por Ratzinger, porque remite más bien a los derechos de la defensa de los imputados, a la presunción de inocencia hasta la sentencia definitiva y la proporcionalidad de la pena, y que es útil medir cómo se emplea respecto a los cardenales y arzobispos implicados en abusos sexuales, tal y como hemos analizado más arriba.




[1] “Poniendo Fin a los Abusos del Clero