BERGOGLIO Y LA CACAREADA TOLERANCIA CERO CONTRA LOS ABUSOS SEXUALES DEL
CLERO
Bergoglio desde que sus amiguitos
le hicieron papa de Roma no ha parado de cacarear que él tendría tolerancia
cero con los abusadores sexuales que existen a miles dentro del clero de todo
el mundo. La última alharaca ha sido esa “Gran reunión” vaticana con los
presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo y con sus
amiguitos de la curia para tratar el tema y aportar soluciones del pasado mes
de febrero.
Pero visto lo visto, todo se ha
quedado, como todo lo que dice este buen hombre, en “parole, parole, parole”.
Hasta el otoño pasado, la fórmula
“tolerancia cero” era una de las más recurrentes en las palabras y los escritos
de Bergoglio, para explicar cómo enfrentarse a los abusos sexuales cometidos
por el clero contra las víctimas menores de edad. (Que en un 90 % son pre
púberes o púberes masculinos, aunque él y sus ad lateres se empeñan en afirmar
que homosexualidad y pedofilia no tiene nada que ver).
Pero desde entonces ha
desaparecido. Ha desaparecido del documento final del sínodo sobre los jóvenes;
ha desaparecido de la posterior exhortación apostólico “Christus vivit”; ha
desaparecido de los discursos y documentos de la cumbre sobre los abusos
sexuales citada. Es más: al inicio de esa cumbre Bergoglio distribuyó a los
participantes los 21 “puntos de reflexión” escritos de su puño y letra, que
desde luego no iban para nada de acuerdo con la “tolerancia cero”.
Por ejemplo, el punto 14 decía: “Es necesario salvaguardar el principio de
derecho natural y canónico de la presunción de inocencia hasta que se pruebe la
culpabilidad del acusado”. Y el punto 15: “Respetar el principio tradicional de proporcionalidad de la pena
respecto al delito cometido.
Las medidas adoptadas en estos
últimos meses, casi las únicas de su “pontificado” contra cinco cardenales y
arzobispos que han acabado siendo procesados por abusos cometidos o
“encubiertos” confirman plenamente este cambio de línea.
No hay una medida que sea igual a
otra. Y sólo en un caso dicha medida ha consistido en reducir al estado laical
al condenado, cuando en cambio, en virtud de la
grandilocuente “tolerancia cero”, esta debería ser la sanción que habría
que imponer a todos, también a quien ha cometido un único abuso contra una
única víctima, hace muchos años. (Hay
que recordar que el “tradicionalista y anticuado” Papa Benedicto XVI, durante
los 8 años de su pontificado, redujo al estado laical a más de 800 curas y
obispos por este motivo)
Se sabe que quien ha sido
reducido al estado laical es el ex cardenal Theodore McCarriik. Y lo ha
reducido no sin antes haberle recibido y abrazado numerosas veces y darle
carguitos de responsabilidad y haberlo defendido a ultranza aun sabiendo como
sabía que este sinvergüenza era un depredador sexual, incluso a sus 80 años,
que igual abusaba de monaguillos que de seminaristas que de curitas jóvenes.
Pero las pruebas fueron tan abrumadoras que no tuvo otro remedio. En cambio, no
lo ha sido ninguno de los otros cuatro sancionados antes y después de él.
El cardenal australiano George
Pell (recordemos que era su mano derecha en los asuntos económicos de la Banca
Vaticana, sabiendo como sabía de sus devaneos) y el cardenal francés Philippe
Barbarin, ambos condenados por tribunales seculares de sus respectivos países,
en espera de la apelación, han tenido en el foro eclesiástico un trato muy
distinto, más duro con Pell y más garantista con Barbarin.
Aún más indulgente ha dado la
impresión de ser Bergoglio con el cardenal Ricardo Ezzati Andrello, limitándose
a aceptar el 23 de marzo su dimisión como arzobispo de Santiago de Chile, el
día después de ser acusado de encubrimiento de abusos. (Recuerde que en Chile,
más del 70 % de los obispos son sospechosos de abusos o de encubrimientos y que
le presentaron la dimisión en grupo, aunque él no la aceptó).
Y aún más distinto ha sido el
trato otorgado al ex arzobispo de Agaña en la isla de Guam, Anthony Sablan
Apuron, condenado de manera definitiva el pasado 7 de febrero con la privación
del cargo, prohibición absoluta de vivir, aunque sea de manera temporal, en la
archidiócesis de Agaña y prohibición absoluta de utilizar los signos propios de
su condición de obispo.
A pesar de todo esto, Apuron no
ha sido reducido al estado laical, incluso después de haber sido reconocido
culpable de “delitos contra el sexto mandamiento con menores”. Puede celebrar
la Eucaristía, aunque lejos de Guam, y llevar los signos episcopales de su
condición de obispo.
Y esto sólo si tenemos en cuenta
los casos más flagrantes y más significativos por el cargo que ocupaban. Nada o
casi nada se ha hecho con los cientos de sacerdotes que continúan siéndolo
después de haber sido acusados y haberse probado en muchos casos que son
homosexuales pedófilos.
Y esta “política bergogliana”,
diseñada, apoyada y conducida por sus amigos los cardenales Kasper, Marx y
otros como ellos, choca con la “tolerancia cero” que es la directriz de la
Iglesia Católica de Estados Unidos a partir de la “Carta de Dallas” de 2002,
cuando era presidente de la Conferencia Episcopal precisamente ese Wilton
Gregory que “Decimejorge” ha promovido como arzobispo de Washington el mismo
día de la publicación de las blanda condena de Apuron.
También ha estado años
disculpando y ascendiendo a Juan Barros, (lo nombró obispo de Osorno sabiendo
como sabía de su implicación en el affaire Karadima) que encubrió durante
muchísimo tiempo a Karadima. En su
visita a Chile tuvo que oír cómo la Asociación de víctimas de abusos del clero
acusaba a su amigo el obispo Barros de romper todas las denuncias que se
interponían contra el cura Karadima, un depredador homosexual pedófilo culpable
de cientos de abusos contra niños y adolescentes. Pero Bergoglio se enrocó en
su negativa de cesar al obispo diciendo que todo eran calumnias, llegando a
decir “tontos” a los que se creían las
acusaciones contra Barros y Karadima, dejando en evidencia a los cientos
de víctimas de esa desalmado depredador
sexual. (La misericordia sólo para los acusados…a las víctimas, palos)
Finalmente, ante el aluvión de
pruebas presentadas por el abogado mendocino Carlos Lombardi, representante
legal de la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico, muy a su pesar,
no tuvo más remedio que reconocer los hechos consumados y aceptó la renuncia
del obispo, aunque en ningún caso redujo a Barros al estado laical.
El mismo Bergoglio ha sido
instando por la Organización ECA[1]
a que entregue todos los documentos alusivos a su gestión como arzobispo de
Buenos Aires (1998-2013) y a que coopere con las autoridades civiles de su
Argentina natal para que se determine si él encubrió al sacerdote Julio César
Grassi, creador de la Fundación Felices Niños y convicto de abusar sexualmente
de ellos, al sacerdote Nicola Corradi, acusado de violar a niños sordos del
Instituto Próvolo de Mendoza y al obispo Gustavo Zanchetta, quien fue nombrado
por él asesor de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, aun a
sabiendas que estaba implicado en numerosos abusos pedófilos cuando era titular
de la diócesis de Orán.
Y así podríamos estar citando
cientos de casos más, pero creemos que con la muestra nos basta.
Deciduamente la “tolerancia cero
contra los abusos sexuales del clero” no funciona con Bergoglio o por lo menos
funciona igual de mal que con sus predecesores. Nihil novis sub sole.
Pero lo que las actuales máximas
jerarquías de la Iglesia no han sido capaces de decir –antes, durante y después
de la cumbre de febrero llevada a cabo en el Vaticano sobre los abusos sexuales
perpetrados por ministros consagrados, lo
ha dicho y escrito el papa emérito Benedicto XVI en los apuntes que ha
hecho públicos el 11 de abril, luego de haber informado al secretario de Estado
Pietro Parolin y al mismo Bergoglio.
Ratzinger fue a la raíz del escándalo:
a la revolución sexual del 68, al colapso de la doctrina y de la moral
católicas entre los años 60 y 80, a la caída de la distinción entre el bien y
el mal y entre la verdad y la mentira, a la proliferación de “clubes
homosexuales” en los seminarios, a la imposición de un “llamado” garantismo que
hizo intocables a los que justificaban esas novedades, incluida la misma
pedofilia, y en último análisis al alejamiento de ese Dios que es la razón de
vida de la Iglesia y el sentido de orientación de cada hombre.
De eso surge el juicio de Ratzinger, que la tarea de la
Iglesia de hoy es reencontrar la valentía de “hablar de Dios” y de “anteponer”
a Dios en todo; de volver a creer que Él está realmente presente en la
Eucaristía, en vez de “rebajarla a gesto ceremonial”; de mirar a la Iglesia como
llena de cizaña pero también del grano bueno, de santos y de mártires, para
defenderla del descrédito del Maligno, sin engañarnos pretendiendo hacer
nosotros mismos una tarea mejor, totalmente política, que “no puede representar
ninguna esperanza”.
Este análisis del Papa emérito ciertamente provocará
discusiones, visto cuán distante está de lo que se dice y se hace hoy en las
altas jerarquías de la Iglesia respecto al escándalo de los abusos sexuales, en
una perspectiva que es sustancialmente jurídica y que oscila entre los dos
polos de la “tolerancia cero” y del garantismo. Un garantismo totalmente
diferente de aquel otro, “llamado” de ese modo, reclamado por Ratzinger, porque
remite más bien a los derechos de la defensa de los imputados, a la presunción de
inocencia hasta la sentencia definitiva y la proporcionalidad de la pena, y que
es útil medir cómo se emplea respecto a los cardenales y arzobispos implicados
en abusos sexuales, tal y como hemos analizado más arriba.
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