COMECURAS
Ángela Vallvey
Resulta sorprendente, pese a todo, las aspereza con que una parte de la opinión pública y ciertos medios de comunicación –que no hace tantos años hubiesen tratado el asunto con distancia, incluso con respeto- se preparan estos días para recibir al Papa, dispuesto a presidir en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud. El alboroto anticlerical que ha suscitado la visita de Benedicto XVI tiene gusto y resabios de antaño. Añejas in quinas, militancia anticuada, asuntos sin resolver de orden casi psicoanalítico con lo sagrado, un odio tan feroz hacia la Iglesia Católica que parece una emoción de orden familiar. Anticlericalismo popular, “rojo” (así se autodenominan muchos de quienes se sienten ofendidos por el acontecimiento); anticlericalismo que pretende ser ilustrado, como si Voltaire fuese a encabezar una de esas procesiones ateas que se han anunciado como reacción a la ceremonia católica. “Ese fanatismo compuesto de ignorancia y superstición ha sido la enfermedad de casi todos los siglos”, que dijo el francés, parece vivir ahora mismo bajo el pecho de quienes se declaran contrarios hasta el enojo a la celebración de la JUMJ 2011. “Que se va a gastar el dinero público en un asunto que debería ser de orden particular, porque la religión es algo privado”, exclaman a grito pelado los anti-Papa. La verdad es que el dinero público que se consumirá en el acto será una nadería, si lo comparamos con otras celebraciones subvencionadas que tienen lugar en la capital, que se producen todos los años, y por las que nadie protesta pese a que afectan a una minoría de la población y con las subvenciones millonarias a gays, lesbianas, feministas, ONG’s de dudosa procedencia, clínicas abortistas, preservativos y píldoras varias, etc. Y aunque se gastara más dinero público ¿qué? ¿ es que acaso los millones de ciudadanos católicos no pagamos impuestos? Mucho será, sin embargo, el dinero que dejarán los peregrinos en su empeño (incluso están alquilándose pisos a precios abusivos). Alegan que la jerarquía católica está podrida, como si viviésemos en una época de esas en las que el abad se inflaba a beber vino, asar perdices y faisanes, tener hijos ilegítimos con su ama de llaves y construir palacios. Como si el Arcipreste de Hita oficiara misas televisas. Como si una oligarquía sacerdotal tuviese influencia política hoy día (no lo parece: basta con echar un vistazo a las leyes de los últimos dos gobiernos). Resulta sorprendente, pese a todo, tanta beligerancia anticatólica. Desde luego. Pero es tanta y tan rabiosa que corre el peligro de pasarse de rosca y dejar de ser efectiva como propaganda.
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